Sinceridad: día 1 de diciembre

Hoy es uno de esos días, de ducha de alcachofa y pastilla, en que sólo me consuela el consumismo. Comprar velas. Velas que se consuman. Bombones que consumir. Consumir también cine, todo el que exista y quede por existir. Todo el que sea capaz de ver antes de consumirme. Consumir mi recuerdo de ti, consumirte antes de que encuentre el fin de ti. Consumirme, a mí, en última instancia. Pensando en lo que quiero, en lo que tengo, en lo que soy, en lo poco que necesito y, al mismo tiempo, en lo mucho que te necesito. Lloro, sin saber por qué. Y tú no estás.


Si hay algo que he aprendido éste mes ha sido que casi siempre menos es más.



Pero contigo, más sigue siendo poco.



Quizás vuelque mi estabilidad emocional y mental en ti. Quizás vuelque mis depresiones en tu añoranza. Quizás me vuelque como un buque y sienta que sólo con tu aliento soy capaz de levantarme. Quizás llore, y en el fondo sí que sepa el por qué.



Puede que no me entiendas, que nunca llegue nadie a hacerlo. Me consuelo con entenderme parcialmente yo. Y sé que seguiré con mi endiablado hábito de diferenciarme a todo aquél que consideremos normal. Seguiré odiando y amando al mismo tiempo esa peculiaridad tan mía que me hace destruirme a mí y a mi entorno al mismo tiempo que sueña con crear por encima de sus posibilidades. Seguiré siendo un tren sin raíles. Un avión sin mapa de circulaciones. Un dedo derrapando por tu espalda. Seré lo que llevo siendo siempre. Y sé, asimismo, que nunca seré otra vez.

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