Sinceridad: día 1 de octubre

Ante el mismo pedazo de folio en blanco que tantas veces se había hallado contemplando, María reposaba las pupilas con el desánimo propio de su vanidad humana.

¿Quién sabría realmente cuál de la secuencia de pensamientos que desfilaba ante su panorama cerebral iba a ser el ganador de la batalla?

¿Quién iba a predecir con la facilidad con la que todos sus amigos la veían venir cuál sería el siguiente paso?

María se encontraba ante un nuevo antes y después – uno de tantos – de aquellos que tanto la asustaban. Se consolaba relamiendo las yemas de sus dedos después de arrasar con la caja de bombones y dándose duchas sentada con alcachofa y jabón de pastilla en mano, como solía hacer su abuela cuando todavía vivía y ella tenía apenas seis años de vida.

La vida parecía tan fácil cuando era a solas. El mismo dolor que la tumbaba era el que la abrazaba cuando se caía a la tristeza. El mismo dolor y desánimo y rabia contenida eran después transformados en energía limpia y fuerte, y María tras cada dolor se sentía invencible – o al menos un poquito más que el día anterior-. Pero cuando hay personas. Ay, cuando hay personas… La tristeza enmudece mientras calla su carácter a gritos. El dolor se hacía imperceptible pero la llevaba a atracarse en comida y remordimientos. El desánimo se hacía sentir crónico. La rabia, convertía sus rayos de toxicidad en impotencia contenida en cápsulas. Y la energía limpia, la paz, el nuevo comienzo nunca llegaba.

Solamente abrazos rígidos en la oscuridad de su cama. Lágrimas ausentes. Dedos ignorantes. Ojos impasibles en medio de la negrura del ambiente. Y ese <<conmigo puedes desahogarte>>. Que la abraza. Que recorre cada uno de sus centímetros de privacidad única. Que la abraza bien fuerte. Y le dice que siempre va a poder desahogarse con él. Que la quiere.

Es ahí. Es justo en ese instante en que en su laberíntico mundo de ideas desagradables y horrendas, María ha visto otra cara. En el lugar preciso donde siempre ha estado sola. Donde la tristeza y ella se habían aliado. Ahora, enajenada y confundida, encuentra un rostro amigo y afín.

Y entonces María llora, por qué ¿qué se hace en éstos casos si no se llora? Y también lo escribe. Y lo más lógico que le parece es decir adiós. Pero algo dentro le dice que no debe confundir a quién se lo dice. Algo dentro le dice que debe decir adiós al miedo a hacerle daño y que la odie con el tiempo. Tal como le hicieron a ella y sintió como su universo se resquebrajaba en pedazos, de lo que tardó meses en recomponerse.

Y no decirle adiós a él.

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