Sinceridad: día 1 de noviembre

Manchas de rojo sobre un lienzo, cobre esparcido por todo lo largo y ancho de la superficie de trabajo, chocolate y arena sobre el mármol, cosquillas silenciosas a cargo de nuestros placeres silenciados en medio de la noche, dolor en la sien y olor a laca de uñas inundando la habitación eran algunas de las ya habituales formas de expresión del vacío que María utilizaba.

Un vacío bien intencionado, formado a conciencia y labrado a base de aislamiento e inseguridades. La principal de ellas, miedo a ser prescindible. A ser olvidada, desterrada, incluso no apreciada. A ser desvirtuada. A no ser. Ante ello, mejor aislarse y desvirtuarse de forma anónima y solitaria. Muchísimo mejor que ser depreciada por alguien desde fuera. Así de débil era su autoestima.

Hacía tantas cosas ya no por los demás sino para alimentar ese vacío. Era el parásito más exigente que había encontrado hasta el momento, pues solamente exigía y hacía que crecer conforme era alimentado. Era un parásito autoritario y autocrático. Todos daban ya por hecho que él llevaba el mando.

A María tan sólo se le ocurrían un par de cosas que podía hacer para deshacerse de él: matar a alguien – por lo consecuente, matarse también a si misma, parásito incluido deducía-  o bien perderse en la infinidad de cosas que la desvirtuaban sin tan sólo intentarlo: el alcohol, los delirios, el aislamiento – otra vez más – y la auto depreciación de una misma.

Otros decían que el problema de María era que pensaba demasiado, y probablemente iban en lo cierto, pero ¿quién era ella para tan sólo imaginar el cambiarlo?

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¿Quién?

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